
Políticos y cronistas siguieron la sesión de control de este miércoles estrábicos perdidos, con un ojo en el hemiciclo y otro en la Audiencia Nacional, donde al Maharishi Zapatero, joyero mayor de Ferraz, le juzgan por tráfico de influencias, blanqueo de capitales, delito contra la Hacienda Pública y contrabando. Por ello, quizá, algunos histriones aprovecharon para lucir sus –¿arriesgados?– cambios de look: Figaredo se quitó las gafas; Morant, el flequillo, y Bendodo lució césped nuevo. A nadie le hubiera extrañado ver a Marlaska con rastas.
El “mejor expresidente y el mejor socialista” (Puente) se plantaba ante el intrépido Calama y Feijóo, Deo gratias, le preguntó a Sánchez lo que debía y cómo debía: “¿El señor Zapatero va a seguir contando con su apoyo o, a partir de ahora, actuaba por su cuenta?”. El líder de la oposición recordó que el objetivo de las cloacas de Leire Latre “era defenderlo a usted” y, de una manera retórica, le preguntó “cómo van a denunciar a quien cumplía sus órdenes”. Crecido y convencido, el presidente del PP tildó de “cobarde” al del Gobierno: “No tiene derecho a amordazar el Parlamento. Usted no es un demócrata. Si fuera una mala persona, sólo le diría una cosa: “Ánimo, Pedro”. Muchas gracias”. Nihil obstat.
El yerno de Sabiniano, consciente de que, con Zapatero en la Audiencia Nacional, respiraba un aire canino de oxígeno, intentó paliar su manifiesto desaliento sin corbata y con infantilismos, con argumentos de matoncete de instituto: que si Feijóo es “un Torquemada de la vida”, que si la corrupción de Ayuso, etcétera. Más flojo que una canción de Ismael Serrano. Dijo que habrá elecciones. La delegada del PSOE en la presidencia del Congreso, Francina Armengol, le birló dos segundos de réplica a Feijóo. Seis segundos más duró la república catalana. La oposición denunció a voces la mordaza en vano: el genovés alfa se quedó sin responder.
La portavoz del “partido más inmoral de todos” (Pérez-Reverte), Maribel Vaquero, clavó su dramatización parlamentaria: “Los presupuestos son su obligación. Disuelva la cámara y convoque elecciones”. Sentencia creíble para todo aquel que desconozca la naturaleza del PNV.
La secretaria general del partido en el que manda Pablo Iglesias, Ione Belarra: “A ninguna de esas personas –Leire, Cerdán y Ábalos– le habrían abierto ninguna puerta si no fuera porque tenían acceso a usted”. Sánchez: “Quienes defendemos los derechos de la gente estamos aquí, no allí”. Qué será la gente.
Ester Muñoz le tiene tomada la medida a Carlos Cuerpo, opositor a san Lorenzo: “¿Hay un golpe de Estado en marcha para derrocar al Gobierno de España?”. El vicepresidente primero, blanco Casper, lamentó tartamudeando que la tropa pepera acuda al Congreso “con la toga” y difamando. La portavoz del PP, sin leer y con la lección aprendida –a diferencia de tantos compañeros suyos, ay–: “Sánchez creyó que podía someter al Estado, y el Estado se defiende. (…) Usted se delata. Es uno más en esta organización criminal en la que se ha convertido el Gobierno. Los jueces, en democracia, no derrocan gobiernos: juzgan la corrupción y hacen cumplir la ley”. Sobre las enmiendas de Junts y PP que instaban al Ejecutivo a convocar elecciones que tumbó Armengol: “Han mostrado su debilidad a toda España. Hoy, los españoles saben que este Gobierno, además de corrupto y mentiroso, es cobarde”. El ministro de Economía, tosiendo sangre, se escudó en la gestión. Dio lastimica.
Juan Bravo: “De técnico comercial a inspector de Hacienda: ¿usted ve normal que Zapatero no declarara sus joyas?”. Cuerpo: “De técnico comercial a inspector de Hacienda, su pregunta es: ¿este Gobierno piensa en las familias españolas?”. En estas, un diputado bramó: “¡Gilipollas!”. La Cámara Baja caía aún más bajo en la cloaca de la grosería y Sánchez, abatido, posaba como Bielsa en la sesión fotográfica de la FIFA. Yolanda Díaz le dejó claro a Jaime de Olano que los sumandos menguantes se tragarán la corrupción del PSOE como un ganso con vocación de fuagrás: “¿Los límites de esta actuación nuestra? Ustedes y sus políticas”. Y Sánchez se fue. A por antiinflamatorios, como poco.
Bendodo le preguntó a Bolaños si sigue defendiendo a Zapatero y el ministro ministril reconoció la existencia de la cloaca: “La cloaca no ha funcionado. Y en eso estamos de acuerdo. (…) Las instituciones del Estado, con este Gobierno, han funcionado sin injerencias”. Tellado arrancó con un chiste fácil: “Como sigan así, señor Bolaños, van a tener más imputados que diputados”. Acribilló a Marlaska con las mentiras de la directora de la Guardia Civil y censuró que la cúpula de los picoletos conspire contra los propios picoletos. El ministro del Interior, con pintas de prófugo del sanatorio Berghof, recurrió a Fernández Díaz el malo –el bueno es un novelista y periodista argentino excelente–. Como aquel personaje de Sorrentino, quería poesía y recogió achaques.